“Hemos vivido una aventura juntos.
Firmes en Cristo habéis resistido la lluvia”.


Estas fueron las palabras pronunciadas por el Papa antes de dejar Cuatro Vientos en la Vigilia del Sábado y éste es el eco que resuena en mi corazón.

¡Que gran momento es el que viví en esta mágica noche!.

El 16 de agosto, como muchos otros jóvenes puse rumbo a Madrid para vivir lo que pensaba sería toda una experiencia.

Una experiencia inolvidable.

Mi preparación para estas Jornadas empezó en Barcelona abriendo mi casa a peregrinos que visitaron la ciudad antes de ser enviados a Madrid. Luego, mi ida a Madrid; recoger mi mochila de peregrina y dar un vistazo a los actos de las Jornadas. Mi primera impresión fue el ver la buena organización que había tanto en la acogida como en la preparación de los actos.

Había que escoger y decidimos ir a una catequesis. Los jóvenes en actitud de escucha, muy participativos; el Obispo con un vocabulario muy sencillo, actual, con ejemplos muy clarividentes transmitía el mensaje de Jesucristo, toda una lección de cómo dar catequesis en nuestros días.

Por la tarde teníamos nuestro primer gran encuentro con el Santo Padre en Cibeles. Fue un caluroso recibimiento y no lo digo por el tiempo sino por el entusiasmo que reinaba entre los peregrinos. Una gran hermandad nos unía, y entre todos solventábamos las pequeñas dificultades que surgían.

El Vía Crucis, magnífico. Día de intensísimo calor que se iba sofocando como se podía. A pesar de ello, la alegría desbordaba y la vivencia de las 14 estaciones fue seguida con gran recogimiento por los peregrinos ayudados por los textos del libro del peregrino.

No quisiera olvidarme de los voluntarios, estaban en todas partes y siempre dispuestos a ayudar. Siempre va a ser poco lo que podamos decir de ellos.

Y, finalmente, llegan los actos centrales:  la Vigilia y la Misa de envío en Cuatro Vientos.

A primera hora de la tarde del sábado nos encaminamos hacia Cuatro Vientos. Un familiar nos aproxima con el coche, así y todo tenemos que andar un ratito bajo un sol abrasador hasta llegar a la parcela destinada. Todos agradecíamos el frescor con que nos obsequiaba el Cuerpo de Bomberos. La gente se iba acomodando para luego pasar la noche. Acudíamos a las fuentes para proveernos de agua, lo más necesario en esos momentos y en ese ir y venir siempre se encontraban caras conocidas con las que intercambiábamos algunas palabras y saludos.

Luego, el sol decide darnos un respiro y parece querer quedarse en la sombra para que sea ésta la que nos cobije hasta la llegada del Papa, amenizado el tiempo por el rezo del Santo Rosario y por las imágenes del Papa en su encuentro con las personas discapacitadas en la Fundación Instituto San José .

Y sucedió lo que todo el mundo sabe. Una tormenta de verano que nos dejó un poco “desconcertados” en un primer momento. Nadie se movió, estábamos con el dulce Cristo en la tierra y a mí me vino el relato evangélico de Mt.8,23-25 (la fragilidad humana ante tantas cosas…). Jesús, como entonces ordenó a la tempestad que se calmase escuchando así las súplicas que salían de nuestros corazones y el de tantas personas de todo el mundo. ¡Me impresionó tanto el silencio que se hizo en la adoración a Cristo Sacramentado!. ¿Que hombre es ése, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mt 8,27). El Hijo del Dios vivo.

Y, finalmente, la Misa de envío del domingo que el Señor nos regaló con una espléndida mañana.

 

Una vez realizado un breve resumen de estos días, quisiera destacar, a través de este escrito, lo bien preparadas que estuvieron estas Jornadas; me gustaría detenerme en varios detalles pero me voy a quedar con uno de ellos: la introducción previa a cada encuentro, su ambientación,comentarios, etc… Con el himno de estas Jornadas: “Firmes en la Fe” como fondo, se nos informaba sobre lo que tendría lugar a continuación, se nos invitaba a “saber estar ”, y la respuesta de todos a estas enseñanzas. ¡Cuánta complicidad y armonía había entre nosotros!

Esto me ha llevado a reflexionar sobre algo que, aunque ya sabido tiene gran importancia: preparar con cuidada atención aquellos actos que, a través del sendero de la vida, nos lleven a conocer y a imitar a Cristo.

Para ello será de gran ayuda el saber escoger a un buen guía que nos conduzca y docilidad en dejarnos guiar. Lo que podríamos hacer todos los cristianos si nos lo propusiéramos: ser testigos de Cristo. Arraigados en Él seamos guías para nuestros hermanos tal como nos lo ha pedido Benedicto XVI, con el que vivimos uno de los momentos más intensos de estas Jornadas en la Vigilia de Cuatro Vientos: juntos hemos vivido una gran aventura y sí, firmes en Cristo, la vamos a vivir hasta el final de nuestras vidas, como dijo el Papa: “El hombre sólo puede ser feliz siendo verdaderamente hombre. ¡No tengáis miedo a imitar a Jesucristo! ¡No tengáis miedo a vivir y entregar la vida!”.

Tengo su imagen grabada en mí viéndolo pasar camino a el Escorial: que bondad respira este Pontífice, que frescor hay en su rostro y como brillaban sus ojos. Se le veía muy pero que muy feliz.“El Papa os agradece vuestro cariño y os envía como embajadores de la alegría que nuestro mundo necesitanos dirá en otro momento Benedcito XVI.

Y yo me pregunto, si esa es la imagen del Cristo en la tierra, ¿cuál será el rostro del Cristo, el Hijo del Dios vivo?.

Un rostro que enamora y atrae.

  Mª Teresa V. (Barcelona)          
 27 de agosto de 2011